Decrecimiento

 

 

A fines de este mes de junio, los días 28 y 29, se decidirá en la cumbre de Bruselas si la Unión Europea sigue a muerte la senda alemana de la austeridad o si adopta la vía francesa del crecimiento y el resurgimiento económico.


La crisis golpea el corazón de Europa. Después de 30 años de “borrachera colectiva” de consumo desenfrenado y especulación financiera, ha llegado la mañana de la resaca.

A fines de este mes de junio, los días 28 y 29, se decidirá en la cumbre de Bruselas si la Unión Europea sigue a muerte la senda alemana de la austeridad o si adopta la vía francesa del crecimiento y el resurgimiento económico.

Los sectores progresistas prefieren una política de crecimiento económico… Pero ¿es el crecimiento la solución?

No es posible crecer indefinidamente en un planeta de recursos limitados. Y la Tierra se agota.

Si la naturaleza tarda un año y medio en reponer los recursos que se gastan en sólo un año los cálculos son sencillos: a este paso, pronto nos quedaremos sin planeta.

Cabe hacerse otras preguntas: todo este derroche ¿nos ha hecho más felices que antes? Ya conocemos la respuesta: consumir desaforadamente no trae la felicidad, más bien aporta ansiedad y hasta adicción.

Desde los años 60 una teoría gana fuerza: la del decrecimiento.
Sus partidarios opinan que el ‘desarrollo sostenible’ no va a evitar el colapso ecológico ni a mejorar la justicia social, o sea, que resultará insuficiente.

Y que la ‘economía verde’, promocionada desde la ONU, tampoco funcionará, ya que detrás de esta filosofía se esconden oscuros intereses neoliberales que sólo intentan cambiar de filón para enriquecerse, como Al Gore.

Su máximo defensor, el economista y filósofo francés Serge Latouche, dice que la receta pasa por trabajar menos y ganar menos, por vivir con frugalidad y de forma solidaria con los semejantes y respetuosa con el medio ambiente.

El reto consistiría en vivir mejor con menos. Y la clave en aplicar la austeridad, no a los gobiernos sino a nosotros mismos en la vida diaria.

¿Ventajas? Muchas. Calidad de vida, tiempo de ocio y una vida social plena, según los preceptos de la ‘simplicidad voluntaria’.
El decrecimiento es la crítica más dura y contundente que golpea el meollo del neoliberalismo, porque cuestiona su razón de ser, que consiste en exacerbar el consumo compulsivo y el estilo de vida competitivo, el de todos contra todos.

“El decrecimiento”, afirma Latouche, “implica desaprender, desprenderse de un modo de vida equivocado e incompatible con el planeta”.

Y propone las 8 R: Revaluar (nuestros valores), Recontextualizar (la construcción social), Reestructurar (los aparatos económicos y productivos), Relocalizar (consumiendo sólo lo que se produce localmente), Redistribuir (el acceso a los recursos naturales y a la riqueza), Reducir (el consumo y el gasto energético), Reutilizar y Reciclar (todos los objetos, en cualquier actividad).

En suma, un modo de vida más austero iluminado con valores humanistas, que nos condujese a producir menos pero de mayor calidad.

Como una producción de calidad exige habilidad y tiempo proporcionaría puestos de trabajo numerosos y mucho más gratificantes. Si sólo trabajásemos cuatro horas al día habría trabajo para todo el mundo.

Y si tuviéramos que emplear para hacerlo tanto la destreza manual como la intelectual se acabarían el sedentarismo y la obesidad.
Según el profesor español Carlos Taibo, defensor del decrecimiento: “Ahora existimos en un modo de vida esclavo que nos hace pensar que seremos más felices cuantas más horas trabajemos, más dinero ganemos y, sobre todo, más bienes consumamos. Es un modelo basado en la constante insatisfacción.”

 

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